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El duro presente del emprendimiento social

Cuando en Chile y el mundo el escenario de una crisis como la del Covid-19 ha dejado al descubierto las brechas que existen en la sociedad actual, las organizaciones de la sociedad civil han visto crecer su importancia e impacto de manera exponencial, cumpliendo la tremenda misión de alcanzar los rincones a los que el Estado no logra llegar.

Somos testigos de cómo la experiencia de las fundaciones -que por décadas han trabajado directamente con los grupos más vulnerable de la sociedad- ha permitido que en la actualidad se visibilicen problemáticas en ámbitos y comunas relegadas, alcanzando, en muchos casos soluciones eficientes, participativas, originales, rápidas y complejas.

Esta forma de abordar las problemáticas sociales en gran parte se debe al tremendo talento humano que concentran en las organizaciones sociales de nuestro país y que hoy es un verdadero ejemplo de “exportación no tradicional” que luce Chile hacia el mundo.

Existen muchos ejemplos virtuosos como Techo, América Solidaria, Fundación Superación de la Pobreza y Brave Up!, entre muchos otros, los que encierran detrás un ecosistema increíble de personas que -movidas por un propósito social- han creado su propia receta para cambiar y mejorar el mundo.

Sin embargo, todo este valor humano y organizacional se ha visto golpeado por la realidad actual que ha permeado todas las capas de la sociedad. Según datos de Sociedad en Acción, estamos hablando una cifra cercana a las 234.500 organizaciones -entidades privadas, autónomas, voluntarias y sin fines de lucro- que generan 310.000 empleos totales, lo que equivale al 3,7% de la fuerza laboral del país, y en términos de gasto representan el 2,1% del PIB (Producto Interno Bruto) de Chile.

Se entiende que las corporaciones y fundaciones también son víctimas de las externalidades provocadas por la pandemia y que ya venían golpeadas por las consecuencias del estallido social del 2019, mostrando su fragilidad y que en muchos casos han debido reinventarse para cumplir su misión. Hablamos de un tremendo capital que puede estar en riesgo y, por ende, sus beneficiarios.

De ahí la importancia de gestionar un ecosistema que permita a estas organizaciones sin fines de lucro seguir funcionando, creciendo y cumpliendo una misión única y fundamental, porque es en momentos de crisis cuando estas instituciones se hacen más imprescindibles que nunca, llegando a todas las capas del tejido social.

Necesitamos un marco regulatorio que nos permita incentivar la filantropía y las donaciones, como son los Contratos de Impacto Social (CIS), creados en Reino Unido y que permiten implementar soluciones innovadoras mediante una alianza público-privada y que en Chile se comenzaron a implementar el año pasado. Según datos del Ministerio de Economía funcionan más de 130 CIS en 25 países del mundo, movilizando más de US$400 millones y beneficiando a más de un millón de personas en temas sociales.

Sin duda, estamos mejor que antes, pero debemos afinar nuestra legislación, y seguir recomendaciones como las que indica el estudio realizado por CEFIS UAI “Hacia un nuevo marco legal de las donaciones en Chile” que propone la necesidad de unificar una ley general de filantropía, ordenar los incentivos tributarios, fortalecer la transparencia y regular nuevos mecanismos de donaciones.

Es nuestra misión no salir de esta pandemia sin aprendizajes reales que nos permitan fortalecer el rol de los emprendimientos sociales, construyendo un escenario en el que puedan desplegar todo su potencial y propicie su desarrollo, valorando más que nunca la importancia de trabajar con personas que persiguen un propósito en un lugar seguro de encuentro, desafíos y éxitos.

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